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LA VIA MUERTA


Desde muy pequeño tenía varias cosas de mi propiedad, cosas que consideraba imprescindibles para disfrutar de mi joven vida. Por orden de preferencia eran: Mi perro Jacinto, una canica verde, dos ranas que periódicamente sustituía por defunción, un libro de cuentos de animales, mi abuelo que también contaba cuentos y mi pueblo.

Me sentía dueño de un pueblo, parecido a un racimo de casas colgadas de una verde colina con pretensiones de sierra. Fue refugio de celtas, árabes y nobles en tiempo de la Reconquista, los primeros dejaron huellas de su vivir cotidiano en forma de trozos de loza vieja, de los moros guardamos celosamente un nombre que pasea con orgullo en boca de todos los hijos del lugar, de los nobles castellanos sus tradiciones religiosas y una ermita gótica con los Santos Patronos. La plaza mayor, la iglesia y hasta "el rollo" (una especie de columna de piedra donde ajusticiaban antiguamente a los malhechores), forma parte de un pasado más o menos grato integrados para siempre en su propio paisaje.

En mi pueblo, como en casi todos los demás, también hay un cementerio, lleno de verdes y esbeltos cipreses repartidos a boleo entre las blancas tumbas, desparramadas en las faldas de una loma, cuyo fondo son las montañas lejanas que en invierno parecen algodones de feria. Entre las tapias del cementerio y las montañas existe un valle multicolor, dorado o verde según las estaciones, partido en dos por un riachuelo que parece de plata, sus limpias aguas sirven de recreo para toda la chiquillería en las cálidas tardes de verano y de inagotable fuente de mi suministro de ranas.

Durante las vacaciones escolares, casi todas las mañanas junto con mi abuelo y mi perro Jacinto pasaba largas horas en la pradera, recogíamos todo tipo de plantas aromáticas y medicinales que por economía sustituían a la farmacia convencional; catarros, dolores de estómago y sarpullidos se aliviaban con sabias combinaciones de hierbas que generalmente estaban muy ricas.

Algunos ratos dedicados a la educación de Jacinto fueron una lamentable pérdida de tiempo, el perro, dueño de una larga y sedosa cola, orejas tiesas, ojos dulces y pelo color castaño, largo y brillante, tenía un cerebro pequeño y obstinado. Se negaba en rotundo a levantar codornices, perseguir liebres o recoger los palos y piedras que le eran lanzados e ignoraba olímpicamente las peticiones de saludo con la pata; por lo general, se limitaba a tumbarse a la sombra vigilando atentamente la fiambrera del almuerzo (por la parte que le pudiera corresponder), su mayor esfuerzo consistía en ladrar furiosamente a cualquier mariposa despistada que osara acercarse por allí. A pesar de todo era uno de los amores de mi vida.

Con Jacinto pasé muchas horas divertidas, mil y una anécdotas se podrían contar de aquel eterno aprendiz de perro guardián. También momentos tristes; como en aquella ocasión en que el abuelo encontró en un callejón unas crías de gato. Una de ellas a la que pusimos por nombre Manchitas, pasó a formar parte de la familia para regocijo del can que “cariñosamente” trataba de cambiar de sitio sus orejas y tallar su rabo a una medida que él parecía encontrar apropiada. Manchitas soportaba estoicamente las inevitables caricias del perro, jamás disputó con él su alimento ni un lugar caliente junto al fuego. Mi abuela se pasaba los días renegando por lo bajo, veía con desagrado que las sillas, los tapetes de ganchillo o cualquier otro tesoro estimado por ella, quedaban destrozados bajo las garras inquietas del minino.

Un día, al regresar de la escuela el gato había desaparecido. Culpé a mi abuela por su falta de afecto; después pensé que estaría de novia y finalmente con el paso de los días me fui haciendo a la idea de que no lo vería más. En una de mis frecuentes correrías tropecé inesperadamente con los restos del animal: Había sido víctima de uno de los cebos envenenados que se ponían para las alimañas. Consideré injusto que un ser tan querido se marchara de mi lado de un modo tan cruel.

A partir de la desaparición del gato, Jacinto ya no fue el mismo, pasaba todo el tiempo tumbado con mirada lánguida en el lugar en que ambos solían retozar, cada día quedaba en su escudilla la parte del alimento que compartían. Nunca nadie me aclaró del todo si existe una especie de alma animal, pero mi perro murió de añoranza; Manchitas había sido su amigo, no su adversario.

El otro amor de mis jóvenes años era Anita... Vivía dos puertas más abajo de mi casa, tenía dos años más que yo, largas trenzas morenas y unos andares como las mujeres guapísimas que salían en las películas en blanco y negro del cine de verano; ella jamás me miró directamente, así que no sé de qué color eran sus ojos, pero estoy seguro de que cada vez que iba a la fuente con su cántaro, miraba de soslayo hacia mi ventana desde donde espiaba sus movimientos, incluso cuchicheaba con sus amigas cuando pasaba por mi lado; entonces yo, hinchaba el pecho con marcialidad y apretaba el paso para disimular mi sonrojo.

Anita además, se sentaba dos pupitres delante de mí en la escuela, desde mi puesto podía contemplar tranquilamente su cogote repeinado y los pendientes de herradura que lucía en sus preciosas orejas. A veces yo hacía méritos para el castigo, no me importaba el palmetazo con la regla, las orejas de burro ni los dos gruesos diccionarios que martirizaban mis brazos en cruz; todos esos sufrimientos los daba por bien empleados, cumplir mi castigo en un lugar visible sobre la tarima de la maestra me permitía verla de frente, incluso creí sorprender alguna mirada, unas veces de complicidad, otras de compasión.

La escuela... ¡De niño me parecía el COCO! Ahora, transcurridos muchos años, recuerdo con ternura aquella maestra de pelo blanco que de vez en cuando nos sacaba de excursión por los campos cercanos. Para nosotros era como un safari pueblerino; traíamos como trofeo saltamontes, lagartijas y mariquitas que luego guardadas en formol servían para dar envidia a los alumnos del reumático D. Ceferino que amparándose en su dolencia no dejaba ni un solo día de martirizarles con las multiplicaciones. Consuelo se llamaba aquella dulce maestra y en verdad que fue el consuelo de muchas de nuestras penas infantiles.

Largas charlas con mi abuelo marcaron los primeros años de mi vida, su barba blanca era la bandera situada en la meta que yo me había prometido conquistar. Experto tallista de madera de encina, cuencos, cucharas y banquetas salían de sus hábiles manos, con su venta ayudaba a la deficiente economía familiar, más apretada de lo normal por los gastos añadidos de la larga enfermedad de mi padre; de él solo recuerdo el continuo ir y venir del médico y los innumerables frascos de píldoras alineados sobre la repisa de la chimenea. Por las noches, después de una escasa cena, al rescoldo de la lumbre el abuelo manejaba incansable su herramienta produciendo más y más utensilios de cocina. A veces, cuando encontraba un tronco apropiado, hacía juguetes para mi hermana y para mí (casi no hago mención de ella pues sólo era una niña muy pequeña), eran caballos grandes, medianos, pequeños; entre los dos teníamos casi un establo.

Narraba largas historias de princesas moras, situando siempre la acción por los alrededores del pueblo; la sierra, la vieja mina eran en su imaginación solares de castillos de fantasía con minaretes recubiertos de oro, hileras interminables de soldados con casco o turbante desfilaban a lo largo y ancho del término municipal; Episodios de guerra, de una guerra lejana que parecía no querer recordar en todos sus detalles; contaba solamente las divertidas peripecias sufridas para conseguir el diario alimento, y los extraños guisos que se veían obligados a soportar.

Otra de las historias que me gustaba escuchar era la de aquella ocasión en que mi abuelo viajó en tren camino de las tierras del sur, con motivo de un acontecimiento familiar. Ponía toda mi atención cuando me describía minuciosamente las estaciones, Aranjuez, Alcázar de San Juan... llenas todas ellas de mujerucas ataviadas con pañuelos que ofrecían al paso de los vagones grandes trozos de queso y pan blanco envueltos en papel de estraza; fruta de temporada, vino de la tierra, chorizos curados, miel y multitud de otros productos llamaban la atención del viajero y permitían cambiar de bolsillo unas pesetas, tan necesarias en aquellos tiempos de escasez. Alimentos tan distintos de los que en los tiempos modernos se venden en las sofisticadas estaciones y sus cafeterías, bocadillos plastificados por fuera y por dentro en los que es imposible descifrar su contenido.

Aparte de las paradas obligatorias en aquel interminable viaje, el tren se paró de forma imprevista. La Nº 38 (cifra que campeaba en la parte delantera de la vieja locomotora de vapor), aquella maravilla de la técnica, se vio obstaculizada en su marcha por una vaca testaruda que quiso dormir su siesta en medio de los carriles; ni las amables palabras del vaquero ni los intentos de arrastre pudieron alterar su reposo. Cinco horas de retraso eran cosa habitual.

Reanudada la marcha mi abuelo fijó su mirada más allá de los cristales de la ventanilla, sus ojos acostumbrados a contemplar la naturaleza quedaron sorprendidos por una nueva visión de ella. Desde dentro de un tren los campos de la meseta llenos de trigo en sazón se veían salpicados de pinceladas multicolores propias del final de la primavera. Aquí y allá se distinguían siluetas de labriegos en la faena diaria, pastores con perro y corderos juguetones que brincaban alegremente. Mi abuelo estaba convencido que desde dentro de un tren, las nubes se ven más blancas, las flores más coloreadas y los borricos que huellan los caminos con sus haces de leña, parecen descansados y contentos con su destino de animales de carga.

De mi madre me gustaría conservar una imagen más alegre. Probablemente a causa de la enfermedad del cabeza de familia y de su posterior fallecimiento era una mujer triste, siempre metida en casa, siempre vestida de negro. Sus únicas salidas eran al lavadero público cargada con un inmenso cesto de mimbre y un hatillo llenos de ropa sucia. Yo sabía que la necesitaba, pero no estoy seguro de que la quisiera tanto como era mi obligación.

A mi amigo Ignacio no lo consideraba de mi propiedad, entre otras cosas porque poseedor de voz y criterio propio, disfrutaba llevándome la contraria. A pesar de todo, nuestras diferencias eran pocas comparándolas con las aficiones en común.

Casi a diario, a hora muy temprana, "Nacho" silbaba desde la puerta de su casa animándome a organizar un juego de canicas antes de la hora de la escuela; junto con varios chicos más que vivían por la calle alta y por riguroso turno, hacíamos un guá con el tacón de la bota junto al muro de la herrería. Solíamos apostar cuerdas de peonza, cajas de cerillas sustraídas con disimulo de las cocinas de nuestras casas y en las partidas más disputadas, nuestras mejores canicas. Entre todas ellas había una verde con aguas, brillante y codiciada por todos nosotros, en consecuencia, cambiaba frecuentemente de propietario según la suerte. En una ocasión memorable conseguí situarme el primero de la clase, (no tanto por mis conocimientos, como por ser el que mejor atizaba la estufa durante el frío invierno), para conmemorar tan inusual acontecimiento prometí no apostar más la preciosa bola que por aquellas fechas era de mi propiedad. A partir de entonces se convirtió en el símbolo de mi superioridad intelectual.

Años después, cuando ambos éramos ya adultos, Ignacio desapareció de pronto de mi vida; como Manchitas. Subió a un viejo autobús camino de las minas del Bierzo. ¿Qué sería de él? En el pueblo se rumoreó que al cabo de un tiempo había marchado al otro lado del mar en busca de una fortuna posible pero incierta.

Los dos teníamos pocos años cuando una legión de hombres venidos de ciudades y pueblos vecinos, armados de pico y pala tomó por asalto la estrecha franja de tierra limitada por el arroyo y las tapias del Campo-Santo. Trabajaban de sol a sol en el trazado de un extraño camino, diferente de los que siempre habíamos conocido, tortuosos, llenos de piedras hoyos y barro apenas caían cuatro gotas. Eran la auténtica pesadilla de los sudorosos carreteros que durante buena parte del verano se afanaban trasegando las doradas espigas del rastrojo a la era; rodeados de polvo rojo y tronando palabrotas, parecían los ángeles del infierno.

Lo que más raro nos parecía a los chavales que tarde tras tarde al salir de la escuela veníamos a sentarnos en la encalada tapia del cementerio, mirando con curiosidad todo aquel movimiento, era que dicho camino desaparecía bajo tierra por un agujero negro abierto en uno de los cerros que limitaban la llanura. Ninguno de nosotros se atrevió nunca a mirar de cerca aquella puerta, ignorábamos incluso si tenía una posible salida quién sabe dónde. La primera pista para desentrañar el misterio nos la dio un vecino que en la plaza del pueblo alardeaba de poder casarse ese año porque le habían dado un trabajo en la VIA. Algo estaba claro, aquella cosa ya tenía un nombre; más de un labrador cambió entonces la hoz por la carretilla y el martillo pilón, por ello recibía un sueldo fijo con que sacar adelante la prole, generalmente numerosa y con un envidiable apetito.

El año que cumplí los ocho, la vía perdió para mí parte de su atractivo, coincidió un poco el aburrimiento por la costumbre con las tareas del catecismo de mi Primera Comunión. El blanco del traje de marinero, empalideció el color terroso de los desmontes que eran aplanados y desaparecían bajo las palas de aquellas incansables hormigas de mono azul. Poco a poco el camino de tierra prieta comenzó a cubrirse a trechos con troncos cuadrados de madera, de igual grosor y longitud. Pasado mi día más feliz, volví a reincorporarme al puesto de observación, contemplé con asombro cómo encima de las maderas se extendían unas interminables y plateadas tiras de hierro.

A medida que crecía la vía, aumentaba también la prosperidad de los habitantes del pueblo; algunos, los más osados, se desplazaban a su trabajo en flamantes bicicletas que eran la envidia de los tímidos ganaderos, apacentadores de distintos rebaños; la mayoría de ellos no estaban seguros de que la decisión de permanecer en el oficio de sus mayores fuese la más acertada. Un día lluvioso y de triste recuerdo para todos, a causa de un desprendimiento, dos de los trabajadores pasaron sin más trámites que la bendición del viejo cura, de un lado a otro de la pared del cementerio. Llantos familiares y temores contenidos no fueron suficientes para detener la marcha de lo que ya se llamaba el ferrocarril del progreso. No fueron los únicos; a finales de aquél mismo año junto con la noticia de la construcción de un enorme puente, llegó la de una nueva desgracia, tres muertos y algún lisiado permanente, quedaron como dolorosa secuela.

Terminados mis años escolares tuve ocasión de conocer la otra salida de la boca negra. La primera vez que pasé por ella fue a lomos de una vieja máquina que discurría ruidosamente por el tramo de vía ya concluido. Diariamente transportaba hombres y material a pie de obra, en las proximidades de una ciudad distante. Con mi trabajo en el ferrocarril fui adquiriendo conocimientos sobre su longitud y trazado, sobre su coste y su final en una de las estaciones de la capital. A medida que la vía crecía cruzando pueblos yo soñaba con ser maquinista, jefe de estación, revisor o cualquier otra cosa que me permitiera lucir una de aquellas gorras con galones dorados que parecían de general.

Todo mi futuro, el que yo había planeado cuidadosamente, se fue al garete al interponerse una guerra que nadie ganó; al regresar del frente el proyecto del ferrocarril ya no era el mismo, los terraplenes apisonados aparecían ahora llenos de agujeros a causa de las bombas, faltaba mano de obra (casi todas las familias estaban marcadas por la pérdida de un ser querido), los que regresaron, tenían suficiente faena tratando de reponer sus maltrechas haciendas; por otra parte la desastrosa economía de la nación no permitía dispendios y había que limitarse a reconstruir lo destruido durante tres largos años de contienda. Contra mi voluntad tuve que emigrar; inicié una nueva vida lejos del terruño, y allí, nunca más se continuó el trabajo del ferrocarril. Cumplida mi edad laboral he vuelto a mi pueblo. Todavía suelo sentarme en el mismo tramo de la tapia donde ya no están para acompañarme ni mi amigo Ignacio ni mi perro Jacinto; desde mi atalaya contemplo carriles oxidados por el tiempo, terraplenes llenos de zarzas y maleza, la vieja estación inédita, llenos sus tejados de cigüeñas y otras pequeñas aves que valoran su paz y su silencio...

Siento un poco de lástima por los ingenieros que diseñaron el proyecto, seguramente no imaginaron que aquel trazado era como una premonición: La vía de mi pueblo que discurre al lado de la tapia del cementerio es una VIA MUERTA


FIN

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Comentario por MANUEL PALACIOS LORO el agosto 6, 2010 a las 12:04pm
no lo había leído y he disfrutado mucho haciéndolo
a ver si se anima alguien mas a escribir

Distintivo

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